

Este viaje empezó como esas historias que parecen marcadas por el destino: con un accidente que me obligó a tomar un vuelo de Florida a Ciudad de México. Lo que al principio iba a ser un viaje de una semana terminó convirtiéndose en un recorrido por el México mágico y, sin dudarlo, la experiencia más increíble fue cuando me interné solo en el desierto de Wirikuta, también llamado por los indígenas huicholes la tierra de los sueños.
Motivado por Marisol una vieja amiga mexicana que conocí en en Buenos Aires y la cual me recibió amablemente en su casa en ciudad de méxico, le conte del libro y mi interés por encontrar ese desierto, ella me dijo que al norte en un estado llamado San Luis de Potosí quedaba un desierto famoso y un pueblo llamado Real de 14 donde era conocido por el uso de peyote, es así como abrí un mapa, trace una ruta y Tomé el metro hasta la salida de CDMX y de ahí un bus que me llevo después de 9h a una primera parada en un pueblo chico al norte de México llamado Matehuala.
Lo que recordaba del libro no era una escena exacta, sino una idea en esencia: que nadie puede recorrer tu camino por ti, y que la búsqueda —si es real— tiene que ser propia. Así que salí con mi cámara en la mochila y emprendí el viaje hacia el desierto.
Pasé la noche en el pueblo y, sin afanes, empecé a recorrerlo; a cada paso me llegaban pensamientos sueltos, escenas rotas y frases que creía olvidadas del libro de Castaneda. Volvió a mí un capítulo en el que Don Juan le dice que el hikuri —el espíritu del peyote— debe elegirte primero, antes de que tú siquiera puedas decir que lo estás buscando.
Y fue ahí, en esa caminata lenta, cuando entendí que tenía que cambiar la ruta: tal vez Real de 14 fuera famoso por el peyote, pero lo mío no era ir tras la fama de un lugar, sino internarme de verdad en el desierto. Así que desde Matehuala tomé otro bus hacia el norte, rumbo a un pueblo llamado Wadley, mucho más lejos que Real de 14… sin sospechar todavía lo apartado que iba a estar.
Wadley parecía un lugar borrado del mapa: sin tiendas, sin puertas abiertas, sin gente. Estaba ahí, a la entrada del desierto, sin provisiones, sin comida, sin carpa, con esa duda punzante de si había confundido valentía con terquedad.
Pensé en volver a Real de 14 y elegir lo fácil, lo turístico, lo seguro. Pero ya había viajado demasiado para echarme atrás, así que conseguí un poco de agua y unas frutas, me subí a una vieja camioneta y seguí; cuando se terminó la carretera, una moto me empujó todavía más hacia el corazón del desierto.
Fue así como llegué con Toño, un trabajador del desierto que vivía ahí con su familia, justo donde comenzaba la reserva huichol. Me explicó que los wixarika protegen el peyote, pero esa semana no había nadie de la comunidad por cambio de guardia.
Toño me lo dijo como si fuera una regla antigua: “Si el Hikuri te elige, lo vas a encontrar”. Y esa tarde lo entendí: no vi uno ni dos, vi una familia entera, y él me enseñó a cortarlo con respeto para que pudiera volver a nacer; antes de irse me dejó una manta, algo de comida, una botella de agua, y una hoguera lista junto a un árbol, con la promesa de volver por mí al amanecer.
Vi cómo la camioneta de Toño se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer en el horizonte, justo cuando el sol empezaba a rendirse detrás del desierto. Con las manos temblándome un poco —no de frío, sino de conciencia— partí tres peyotes, los más grandes, y con una cuchara los unté de arequipe: el dulce apenas duró un segundo antes de que el amargo me cubriera la boca y me dejara claro que ya no había vuelta atrás.
No pasó mucho antes de que me golpeara la angustia: acababa de tragar una dosis alta de algo que no conocía, y estaba solo, sin provisiones, en mitad de la nada. ¿Por qué no elegí un lugar cómodo?, ¿por qué vine solo?, ¿qué creía que estaba buscando de verdad? Las preguntas se me apilaron encima como piedras, y para escapar de mí mismo me acosté y cerré los ojos, intentando dormir.
Vi cómo la camioneta de Toño se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer en el horizonte, justo cuando el sol empezaba a rendirse detrás del desierto. Con las manos temblando un poco —no de frío, sino de conciencia— partí tres peyotes, los más grandes, y con una cuchara los unté de arequipe: el dulce apenas duró un segundo antes de que el amargo me cubriera la boca y me dejara claro que ya no había vuelta atrás.
No pasó mucho antes de que me golpeara la angustia: acababa de tragar una dosis alta de algo que no conocía, y estaba solo, sin provisiones, en mitad de la nada. ¿Por qué no elegí un lugar cómodo?, ¿por qué vine solo?, ¿qué creía que estaba buscando de verdad? Las preguntas se me apilaron encima como piedras, y para escapar de mí mismo me acosté y cerré los ojos, intentando dormir.
Calculo que media hora después, el sueño se abrió como una grieta: empezaron a aparecer patrones de colores, geométricos, vivos, como si alguien estuviera proyectando un lenguaje antiguo detrás de mis párpados. Abrí los ojos de golpe y la tristeza se me convirtió en asombro: el cielo estaba lleno de estrellas, pero no eran “estrellas”; eran rutas, figuras, conexiones, una cartografía completa desplegada sobre mí, como un plano arquitectónico que por fin podía leer.
Dejé la cámara haciendo largas exposiciones, y me acerqué a la fogata. Entonces lo vi: sobre el fuego flotaba un ser, un abuelo hecho de llamas, quieto y presente, como si siempre hubiera estado ahí esperando a que yo aprendiera a mirar. Recordé a un maestro que conocí en el Amazonas, que me dijo que si alguna vez volvía a encontrarme con una entidad no humana, me presentara; así que me senté frente a él y le conté mi viaje: por qué estaba ahí y qué era lo que buscaba.
Su nombre era Tatewari. Me enteré días después, ya de vuelta en Ciudad de México, cuando —todavía temblando de emoción— empecé a revelar las fotos y entendí lo que había ocurrido: durante miles de años, los wixaritari han dicho que en el fuego habita un abuelo antiguo, “Nuestro Abuelo Fuego”. Yo había pasado la noche hablando con él sin saber cómo llamarlo.
Esa misma noche, Tatewari me enseñó algo que no se olvida: me dio el don de escuchar a los coyotes. No solo oírlos a lo lejos, sino entender su canto como si fuera un mensaje dirigido a mí, como si el desierto por fin hubiera aceptado mi presencia.
Después la cámara se descargó, y ahí se rompe la historia “comprobable”. Lo que siguió no tengo cómo probarlo: solo puedo contarlo. Vi máquinas orgánicas voladoras recargándose de energía desde la tierra del desierto, y a lo lejos una mujer blanca, inmóvil, con un báculo, como si las guiara sin tocarlas. Sé que, leído así, suena a fantasía… pero también sé que la realidad es más grande que lo que el ojo humano cree dominar.
Si has leído otros ensayos míos, sabes que no escribo para inventar: escribo para dejar constancia. Desde esa noche, algo quedó marcado en mí —una lealtad, una chispa, una forma nueva de mirar— y por eso lo digo sin metáforas: soy hijo del fuego desde ese día.